«Human» de Yann Arthur Bertrand es verse ante el espejo de las mil caras, escuchar, mirar, observar el mundo, entrar en la mente del que te mira, del que ves, ponerte en su lugar con la imaginación, darte cuenta de que ese que miras, eres tú con otra historia con otras manos y otros ojos, con otra mirada, viendo un mundo a tu alrededor que nada tiene que ver con el que veías instantes atrás. Escuchar a otro, empatizar y sentir una punzada en el alma cuando habla de su amada como una posesión más, cuando sientes la incapacidad de sentirte adorable si alguien no se somete ante ti.

El mundo deshecho, basureros gigantes colmados de seres con bolsas haciendo de ello un modo de vida, opulentas ciudades con puertas cerradas con miedos eternos a perder sus cristales y metales, humanos con conciencia encerrados en lugares con cadenas inmensas.

La voz de los sin voz, de los que no hablan, de los que se callan, de los que no existen, de los invisibles, de esa mayoría silenciosa a la que nadie quiere escuchar. Los sin tierra, los que no entienden por qué no pueden moverse de un país en guerra, los que no pueden ver más su tierra ensangrentada y hartos de muerte, de hambre, de injusticia, de dolor, de distancia, de desesperanza; se mueven, sin la intención de hacerlo, empujados por el terror de la sangre que vuela sobre ellos, de la violencia con la que sus hijos se alimentan y van al colegio, a ellos que quedan encerrados entre tierras baldías sin agua y sin una luz que lleve sus pasos.

La injusticia instaurada en los que aquí no hablan pero que oímos a diario escupir sus mentiras para sostener sus mezquinas vidas y perpetuarlas generación tras generación. No hablan los señores de la guerra, esos desde despachos que jamás dispararon a un niño, no hablan los que compran las cosechas, el agua, la tierra de esos países que se hunden en la corrupción y la guerra. No hablamos los consumidores finales; los que robamos la dignidad de otros seres para crear tendencia en las calles de nuestras ciudades. No hablan los que ven necesaria la pobreza como un mal menor para que millones vivamos en el absurdo. No hablan los grandes ídolos hechos de césped y goma que llenan las pequeñas habitaciones de las casas y sirven de ejemplo a una sociedad en absoluta decadencia. ¡Qué mayor prueba que esta!

Todos somos iguales, todos sentimos, deseamos, nos dolemos, gritamos y callamos, recogidos por las mismas dudas y verdades. No es la vieja y autoritaria igualdad de forma. Es la igualdad profunda, la que no necesita de uniformes, la que se atisba en el profundo iris de un ser al que miras filtrado por una pantalla.

A veces me gustaría entrar en la cabeza de los que en su mano tienen el poder del cambio rotundo. Los imagino en sus mundos desfilando palmitos por espacios del paraíso que se han construido para no ver la realidad que les es ajena pero que modelan con cada una de sus decisiones. Sintiéndose en la obligación de disfrutar sus privilegios que tanto costaron a los suyos y que ahora merecen pesen lo que pesen. Les  entiendo, luchan por preservar un modo de vida que es en el que creen.

A veces me gustaría entrar en la cabeza de todos los que apoyan a los anteriores, estos no desfilan por el mundo por espacios del paraíso, van por donde yo voy, caminan las mismas calles, ven los mismos mendigos, viven creyendo en la realidad monolítica del otro como parte de sus propias convicciones para que todo siga con su imperfecta desigualdad como inevitable. No les entiendo, luchan por el mundo de otros al que no tienen acceso pero con el que sueñan secretamente para poder desfilar por sus paraísos vendidos.

 

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